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Inicio/reflexiones/A la silla de pensar, ¡qué barbaridad!
barbaridad suesa

A la silla de pensar, ¡qué barbaridad!

Una barbaridad como un pino.
¿Cómo son los pinos?
Algunos grandes. Muy grandes.
Vale.
Eso, una barbaridad como un pino. ¡Castigar a alguien a la silla de pensar!
Luego pasa lo que pasa.
¿Qué?
Que pensar es un peñazo.
Vale.
Las niñas y niños creen que lo peor que puede pasarte es que te castiguen a sentarse en una silla y pensar. Sobre todo porque no saben pensar mucho todavía. O no saben pensar como querríamos que pensaran.
¿A qué edad se comienza a pensar?
Ppppppffff… Depende. Hay gente que muy tarde. Alguna incluso nunca.
Vale.
Pero hay gente que sí piensa, y por eso mismo sabe que pensar no es un castigo, sino un privilegio, un bien preciado que debe estimularse y abonarse bien. Por eso no es bueno que los pequeñajos identifiquen sus errores con pensar.¡Qué barbaridad! ¡Y con todo lo que necesitamos pensar, y pensar no solo con la cabeza, pensar con el corazón!
¿Con el corazón?
Sí, eso he dicho. Con el corazón, las entrañas, las manos, pensar con los besos, con las caricias, con…
Vale.
Te lo digo yo. En estos tiempos que corren necesitamos sentarnos en una silla y pensar. Cerrar los ojos, asomarnos a esa «ventana indiscreta» que es el alma y atisbar qué se mueve por ahí.  A veces los ojos se vuelven de agua. Otras veces el corazón echa humo como una locomotora vieja. Otras también te sientes de mantequilla.
¿Todo eso pasa cuando piensas?
Ufff, eso y más.
Vale.
Aparecen preguntas, alguna que otra respuesta. Aparece el silencio, y también Dios. En ese momento pensar ya es cosa de dos. Vibra la vida, se sucede el tiempo, y los minutos entregados se transforman en experiencias que cautivan y enganchan. Oye, incluso a veces se vuelve a pensar otro día.
Pues merece la pena pensar.
Desde luego. Ya te digo. Con los besos, las caricias, las miradas, hasta las neuronas.
Vale. Dame una silla.

 

Publicado:
31 de julio de 2019

Categorías: reflexionesTemas: Reflexiones

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