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Monasterio de Suesa

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sentir la vida Suesa

Sentir la vida (gracias, Carlos)

Sentir a Dios, sentir la vida, en el Monasterio de Suesa
 

  1. “Somos / un instante / en la belleza del mundo”, escribe el poeta, filósofo y ecologista Jorge Riechmann. En el tiempo que nos toca vivir es fácil considerarse el centro del mundo, o no descubrir e incluso despreciar la belleza que este encierra. Sin embargo no somos más que un parte pequeñísima, a penas un instante, de la historia y de la grandeza de nuestro mundo. Pero no es poca cosa formar parte de algo tan bello e inabarcable como son la historia de la humanidad y la inmensidad del planeta que nos cobija. Existen pocos momentos donde experimentar esta pequeñez y pocos lugares donde dejarse inundar por esa belleza infinita. Con un poco de atención, en el Monasterio de Suesa encuentras un espacio idóneo para ello.

 

  1. Y es que tal vez sea necesario envolverse en el silencio para contemplar y poder experimentar esa sensación: “Busca el silencio / ten alerta el corazón / calla y contempla”, repiten y repiten en su canto las Monjas de Suesa. Y en ese silencio (y en esa pequeñez y en esa belleza) puede que Dios se asome.

 

  1. “No es creer en Dios, es vivir en Dios; no es pensar a Dios, es vivir a Dios”, es una de las frases que, despacio y con solemnidad, pronunció la hermana que dirigía la oración del atardecer el día de mi llegada al Monasterio. La tradición y la costumbre nos conducen a hacer actos de fe a menudo huecos y a encerrar en palabras la experiencia de Dios. Y, con ser importante nombrar a Dios, lo es más sentirle. Pero, ¿cómo se siente a Dios?, ¿cómo se vive en y a Dios? No es fácil explicarlo, pero, nuevamente con un poco de atención, en el Monasterio de Suesa, en la soledad o en comunidad, repitiendo salmos o en silencio, escuchando tu respiración o danzando con las hermanas, pensando en tu propia vida o en la de la mayor parte de la humanidad que vive sumida en la injusticia, en tu habitación o entre maizales… puede que sientas una brisa que tal vez sea muy parecido a sentir a Dios.

 

  1. Entre maizales andaba yo una mañana haciendo el paseo de la “Ruta de Entremieses”, de apenas 3 kilómetros, que une el barrio Mojante, al lado del Monasterio, con la Ermita de Santa Polonia en Loredo. Y, claro, la imagen que surge en tu interior es obvia: “La mies es abundante y los braceros pocos” (Lc 10, 2). ¿Cómo hacer frente a la ingente tarea de hacer, si quiera, un poco más libre, más justo y más humano el mundo que habitamos?. Se necesita mucha energía para continuar la ruta entre tanto dolor, se necesita mucha perseverancia para mantener la esperaza, se necesita mucho amor para sostener la lucha cotidiana. Energía, perseverancia y amor pueden ser algunos de los ingredientes de lo que intuimos que puede ser la espiritualidad y que, seguramente, están bien reflejados en la vidriera que las propias hermanas construyeron representando a la Santísima Trinidad para presidir la Iglesia del Monasterio.

 

  1. Hablando de espiritualidad, parece que todos y todas andamos en “modo búsqueda”. En la oración del amanecer, los textos que leyeron las hermanas los días de mi estancia en el Monasterio, se referían a la necesidad de reinventar el modo de vida monacal y la oportunidad de construir una interespiritualidad o espiritualidad interreligiosa. Vivimos con la necesidad de esa espiritualidad que aliente nuestra vida y nuestro compromiso transformador y, sin embargo, no siempre sabemos cultivarla. Una espiritualidad que, a menudo, ha quedado encorsetada en palabras y ritos prestados que no transforman nuestro corazón ni nuestras prácticas cotidianas. Necesitamos buscar y cultivar nuevas formas de espiritualidad. Una espiritualidad que ha sido rastreada en todo momento y en todo lugar por toda la humanidad, con distintos acentos o con distintos envoltorios sociales, culturales o religiosos. Busquemos esas fuentes de “sabiduría o cualidad humana profunda” (Marià Corbí) necesarias para ser mejores, vivir mejor y hacer un mundo mejor. Lo necesitamos quienes con timidez transitamos por los caminos de la fe cristiana y lo necesitan muchas personas que, con o sin religión, buscan vivir con profundidad.

 

  1. Y el Monasterio de Suesa es, entre otras cosas, un laboratorio para esa nueva espiritualidad. Y es de agradecer contar con laboratorios así que, más allá de la rutina, nos sacudan y nos pongan en esa actitud de búsqueda. Porque no es fácil hacerlo en una sociedad y en unos tiempos que nos sobrepasan por su rapidez e inmediatez. En mi estancia en el Monasterio me acompañó un librito de José Tolentino Mendonça titulado “Pequeña teología de la lentitud”. No me resisto a señalar las “bellas artes” que describe con brevedad pero con mucha profundidad: el arte de la lentitud, de lo inacabado, de agradecer lo que no nos dan, del perdón, de esperar, de cuidar, de habitar, de contemplar la vida, de la perseverancia, de la compasión, de la alegría, de ir al encuentro de lo que se pierde, de la felicidad, de la gratuidad, de escuchar nuestro deseo, de morir, de no saber…

 

  1. Pero en el Monasterio de Suesa, como debiera ser en todas nuestras instituciones, la espiritualidad no es una cualidad ajena al cuerpo, a la materia, a las preocupaciones sociales y políticas de nuestro mundo. No lo es porque se ora con el cuerpo, se contempla con la danza o se transmite la serenidad de la fe con la complicidad de una sonrisa o con un gesto solemne. Y no lo es porque, como reza el cartel a la entrada del comedor de la hospedería, la propia comunidad “está en un camino de respeto ecológico y justicia social”. Laboratorio, por tanto, también de una nueva humanidad: vida en común, renuncia a la propiedad privada, trabajo compartido, hospitalidad y acogida, agricultura ecológica, consumo de productos de comercio justo y empresas sociales… Nos enseñan con ello (concluye el cartel) que podemos sentirnos “más vinculadas al proyecto de Dios de crear un ´jardín´ del Edén para toda la humanidad”.

 

  1. Releo, la última mañana en el Monasterio, el primer capítulo del libro de Dolores Aleixandre “La contemplación para alcanzar amor” (una relectura bíblica del texto del libro de los Ejercicios de Ignacio de Loyola), que lleva por título “Hijo, prepárate para el camino” (Tob 5,17) y que recuerda al pasaje de Jesús, tras la cita señalada de la mies abundante, en el que envía a sus seguidoras y seguidores a continuar su misión (Lc 10, 2-16). Y me siento plenamente identificado y emocionado con el texto. Tras unos días en este Monasterio, me siento preparado para seguir en camino. Sé que deberé cultivar este mismo sentimiento en la vida diaria: con mi pareja, con mi comunidad, con mis amigas y amigos, con quienes comparto trabajo, compromisos y militancias… Pero también sé que seguiré necesitando pequeñas paradas en ese camino donde poder “buscar el silencio, poner el corazón alerta, callar y contemplar”. Contar con el Monasterio de Suesa para ello siempre será un regalo de Dios.

 

  1. Pero el Monasterio no es solamente “un lugar”, es sobre todo “el lugar” de la Comunidad de Monjas Trinitarias de Suesa. Todo lo sentido y descubierto en ese espacio es posible porque unas mujeres de fe lo han apostado todo por seguir a Jesús de una manera peculiar, diría que única. Y, lo más importante, han intuido que esa experiencia no podía quedar encerrada en los muros de un Monasterio, sino que debía compartirse con otras personas que seguimos en camino, con fe y con dudas, intentándonos descubrir como “un instante en la belleza del mundo”. Muchísimas gracias, Monjas de Suesa, Hermanas en Dios y Amigas de Dios.

 
Carlos, agosto de 2017.

Publicado:
7 de noviembre de 2017

Categorías: HospederíaTemas: Hospedería, Reflexiones

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