La cítara tiene un sonido envolvente, suave, sencillo. Ayuda a serenar el alma, a desperezar nuestra vocación. Con esta música comenzamos todos los jueves, en este año de la Vida Consagrada, un rato de oración común silenciosa, ante la Presencia de Jesús en el Pan que nos da la Vida. Lo hacemos en el oratorio, en círculo, con el corazón inclinado ante el Misterio que nos regala el don de la vocación. Oramos por y con tantas personas consagradas, entregadas…, aquellas que empiezan el camino, las que llevan muchos años de fidelidad, las que atraviesan momentos duros. Todas formamos una gran red de deseo torpe, pero sincero, de seguir al Maestro.
Sin palabras, nos vamos sumergiendo en el Dios que, desde el silencio, habla todas las lenguas y comprende todos los corazones. Finalizamos este tiempo bañado de eternidad con la oración que el obispo de Roma, Francisco, nos propone para las personas consagradas:

